“Puedes subir directamente a un jet privado: no hay ningún control de seguridad.”
En un chárter doméstico típico en Estados Unidos o Europa llegas al FBO diez o quince minutos antes de la salida, alguien comprueba tu documento contra la lista de pasajeros y cruzas la plataforma caminando hasta el avión. No hay detector de metales y nadie te confisca la botella de agua.
Eso no significa que no ocurra nada. En EE. UU., las aeronaves de más de 12,500 lb que vuelan con fines comerciales están sujetas al Twelve-Five Standard Security Program de la TSA, y los jets más grandes entran en el Private Charter Standard Security Program, que exige un control de pasajeros y equipaje comparable al de una aerolínea. Los operadores también cotejan a los pasajeros internacionales con listas de vigilancia a través del sistema eAPIS, y las autoridades fronterizas pueden recibir (y reciben) a las aeronaves a su llegada.
En el Reino Unido y la UE, las terminales de aviación general aplican sus propios regímenes: la tripulación es responsable de saber quién va a bordo, y algunos aeropuertos (Luton, Farnborough, Le Bourget) cuentan con controles específicos para ciertos vuelos.
Así que el resumen justo sería: volar en privado elimina la fricción de la seguridad, no su existencia. La persona con autoridad real para negarte el embarque es el comandante, y esa autoridad es absoluta.